Concluye el 2021, y con él también el ofrecimiento de construir un espacio de gobernanza basado en el llamado “encuentro”. Atrás quedó la estrategia que dio un giro a la campaña de segunda vuelta centrada en un diálogo con diferentes sectores bajo el lema de la concertación y apertura.
El 2022 marcará lo que será un largo proceso de crisis e inestabilidad, matizado con pequeños intervalos de negociación y “diálogo”. El gerenciamiento de los conflictos se agota en medio de un empobrecimiento acelerado de las expectativas de sectores medios y populares. Un régimen que busca imponer a rajatabla la agenda del FMI, es la antesala de un 2022 de agitación y revuelta.
Aquella concatenación de equivalencias que llevaron a Lasso a la Presidencia se está resquebrajando aceleradamente, pues la promesa de un Gobierno de “concertación” y de “diálogo” está disolviéndose al calor de un ajuste inspirado en las políticas del Consenso de Washington. El neoliberalismo tradicional, caracterizado por la retirada del Estado de la actividad económica, la restricción de la agenda social, la liberación de precios y el establecimiento de tasas impositivas preferentes para los grupos económicos, entre otras, es la vía más rápida para acentuar la precariedad social y germinar un proceso de movilización de actores sociales heterogéneos.
