A un año del matrimonio igualitario en Ecuador

A un año del matrimonio igualitario en Ecuador

Pamela Troya

El 12 de junio de 2019, Ecuador le dijo sí al matrimonio igualitario, luego de una lucha de seis años. Este fue un avance importante en los derechos humanos de la población LGBTI y para la construcción constante de sociedades justas e igualitarias; pero también significó un gran triunfo a nivel personal como activista LGBTI y como mujer lesbiana que tenía una relación de pareja de 10 años.

Aquel día, la noticia me fue dada en medio de una entrevista que estábamos grabando en las instalaciones de la Fundación INREDH, sobre el matrimonio igualitario, porque justamente esos días previos a este gran logro, el país entero estaba a la expectativa de la decisión de la Corte Constitucional sobre dos consultas de norma que darían paso a este derecho. Lloré, no lo podía creer. Corrí a tomar mi celular, que lo dejé cargando en otra habitación, porque necesitaba verlo con mis propios ojos. Entré a mi cuenta Twitter y empecé a leer, no paraba de llorar. Recuerdo que me entró una llamada de una periodista que quería mis primeras impresiones sobre esta noticia, y no pude, no podía hilar una frase coherente porque estaba profundamente embargada por la emoción y la sensación de irrealidad; pedí disculpas y colgué. La única llamada que quería hacer e hice era a Gabriela, la mujer con la que, finalmente, me casé el 5 de agosto de 2019, seis años exactos después de habernos presentado en el Registro Civil solicitando un turno para casarnos, y que dio paso a una lucha que terminó movilizando a todo un país, a favor y en contra. Sin duda fue uno de los casos más importantes y mediáticos del activismo LGBTI del Ecuador.

Y sí, me divorcié al mes y medio. ¿Pensaron que no lo mencionaría en este artículo? No tengo vergüenza por la decisión que tomé.

Yo, al menos, me casé absolutamente convencida que envejecería con Gabriela, fue mi compañera de vida por 10 años, de los cuales ocho vivimos juntas formando un hogar con todo lo que eso implica. Los caminos de la vida, en ocasiones, dan giros inesperados y dolorosos; y uno de esos giros me tomó por sorpresa y me vi en la encrucijada de decidir si continuaba sosteniendo lo insostenible o velaba por mi dignidad, y decidí lo segundo a sabiendas de que eso representaría un duro golpe a nivel personal, para mi imagen como activista LGBTI y que sería usado como «argumento» de los grupos antiderechos y conservadores, que siempre estuvieron en contra del matrimonio entre personas del mismo sexo, para intentar deslegitimar esta lucha. Pero mi divorcio solo mostró la otra cara de una misma moneda, pues quien puede acceder al matrimonio también tiene derecho a acceder al divorcio.

Fuente: Conexión vida.

Aquí lo verdaderamente importante y sustancial es que desde el 12 de junio de 2019, las parejas del mismo sexo pueden escoger con libertad cómo desean proteger jurídicamente sus relaciones, sin discriminación con respecto a las parejas heterosexuales. Algo tan simple cómo acceder a un contrato, pero tan poderoso a nivel simbólico, cuestionó los cimentos de una sociedad conservadora que siempre ha intentado volver a fusionar lo laico con los preceptos religiosos, sin recordar que el Estado y la Iglesia fueron separados hace más de cien años, y que todo gobierno y las funciones del Estado deben tomar sus decisiones guiados por los principios de justicia, igualdad, inclusión y no discriminación en beneficio de todas las personas. Afortunadamente, esa claridad la tuvo la Corte Constitucional, en junio del 2019, cuando dio paso al matrimonio igualitario en Ecuador.

Los activismos LGBTI en Ecuador no empiezan ni terminan con la consecución del matrimonio igualitario, pues aún queda un largo camino para que la población LGBTI pueda gozar de todos sus derechos y pueda ser vista sin estigma y discriminación.

Los avances legales en favor de las personas LGBTI son fundamentales, pero se harán carne en la medida en que la sociedad ecuatoriana vaya eliminando los imaginarios negativos que nos señalan, aún ahora en pleno siglo XXI, como aberrantes, inmorales, antinaturales, pecadores y enfermos.

Los cambios sociales también requieren relevos generacionales y estoy convencida de que las actuales y nuevas generaciones de jóvenes serán parte activa de dichos cambios, hasta llegar a ser una sociedad que no nos mire ni con sospecha, ni con desprecio, ni sobre el hombro, que simplemente nos vea como seres humanos, como personas.

La noche del 27 de mayo muestra lo peligroso que pueden ser los imaginarios negativos y prejuicios hacia la población LGBTI. Javier Viteri, un joven gay, fue asesinado en su propia casa con 89 puñaladas. Inicialmente los reportes de la policía hablaban de que fue un robo agravado, pero la violencia de su asesinato indica que fue crimen de odio. Nadie apuñala 89 veces para robar algo. La persona que lo hizo es un conscripto del Batallón Fuerte Militar Arenillas; por demás está decir que la milicia es una institución machista y homofóbica. Al parecer, según señalan otras fuentes, se citaron para un encuentro sexual, y no puedo más que citar el tuit de Silvia Buendía al respecto: «El asesino de Javier cometió un crimen de odio. Tal vez la saña con la que le propinó 89 puñadas no iba dirigida a él, sino a sí mismo. Porque la homofobia también te enseña a odiar lo que eres. La homofobia no es broma, no es un chiste. La homofobia mata #JusticiaParaJavierViteri». Ciertamente, la homofobia mata.

Fuente: Change.org

La gran mayoría de las personas LGBTI hemos crecido con una carga psicológica muy grande y pesada. No es fácil transitar el sendero hacia la auto aceptación en medio de una sociedad que ha enseñado repudio y rechazo hacia la diferencia, hacia lo que se sale de la norma, hacia lo que no se entiende ni conoce; y por eso ha preferido que nos mantengamos silenciados, invisibilizados y dentro del clóset. Pero estar dentro de un clóset no es vida, y cuando decidimos vivir en coherencia con lo que somos, somos señalados por la familia, las amistades, el entorno educativo, el trabajo, la iglesia, por todo el sistema. Nos convertimos así en víctimas de la incomprensión, del desprecio, del odio, de la violencia, del olvido, y de la muerte.

Dicen que la familia es el primer entorno de amor y comprensión de un individuo, pero eso no se aplica en muchas familias del Ecuador donde, por ejemplo, han sido los propios padres y madres quienes han buscado clínicas de deshomosexualización para encerrar a sus propios hijos e hijas en contra de su voluntad y someterlos a prácticas de tortura y violación con la supuesta garantía de que los devolverán «curados».

Nada más alejado de la realidad, la homosexualidad no se cura porque no es una enfermedad, lo que sí debe curarse de raíz es la homofobia.

Familias que han despojado a sus hijas e hijos de todo apoyo económico y los han lanzado a la calle; o que los han lastimado con castigos físicos y psicológicos tan profundos que a la larga prefieren encontrar la forma de irse y no regresar a ver atrás, o quitarse la vida. Desgraciadamente, todo esto lo vivió Javier Viteri. Según un estudio, presentado en mayo de 2019 por el Observatorio Social del Ecuador, en 2016 se suicidaron 192 jóvenes con edades comprendidas entre los 12 y 17 años; este informe señala que el suicidio es la principal causa de muerte de las y los adolecentes en Ecuador. Hay que tomar en cuenta que el bullying escolar es una de las principales causas del suicidio y es, precisamente, el entorno escolar -junto con el familiar- donde las personas consideradas «diferentes» sufren de humillación y violencia.

Y cuando logramos sobrevivir a todos estos entornos de discriminación y violencia y rehacemos nuestra vida, nos enamoramos, emparejamos y decidimos conformar una familia, el Estado nos decía que nuestras uniones no eran válidas como para acceder al matrimonio. Ahora, al menos desde hace un año, el Estado ya no puede decirnos eso porque podemos casarnos y divorciarnos en justicia y libertad.

Fuente: Ecuador TV.

Y con todo esto, ¿aún nos preguntan por qué celebramos el Orgullo LGBTI? Primero recordemos rápidamente cómo nació esta fecha. La madrugada del 28 de junio de 1969, el bar conocido como Stonewall Inn, de un barrio neoyorquino, fue objeto de una redada policial; lo que provocó una serie de manifestaciones de las personas LGBTI. Estos hechos se citan como la primera ocasión, en la historia de Estados Unidos, en que la población LGBTI luchó abiertamente contra un sistema que los discriminaba y perseguía; y se convirtió en un fuerte catalizador del nacimiento de los activismos LGBTI en Estados Unidos y en el resto del mundo. A partir de estos acontecimientos, cada año, la población LGBTI de muchos países se une para estar presente en la Marcha del Orgullo LGBTI, la que en esta ocasión no podrá realizarse por motivo de la pandemia del COVID-19. Sin embargo, no dejamos pasar esta fecha y este mes.

Pero, volvamos a la pregunta, ¿por qué Orgullo LGBTI? ¿Por qué sentirnos orgullosas/os? Pues, de ser sobrevivientes de un sistema que aún nos discrimina y violenta, y que constantemente arremete para obstaculizar y negarnos avances en derechos.

Se requiere mucho valor para salir del clóset y asumir con la frente en alto que se es parte de la población LGBTI en esta sociedad. Las personas heterosexuales y cisgéneros ni siquiera se cuestionan mínimamente su sexualidad ni su identidad de género; no se cuestionan sus muestras de afecto con sus parejas en el espacio público. Vivir en concordancia con lo que uno es y siente es un acto de valentía e irreverencia, que algunas veces cuesta la propia vida. Quienes hacemos activismo LGBTI luchamos para construir sociedades donde las actuales y las nuevas generaciones no tengan que pasar por lo que pasaron quienes nos precedieron y lo que hemos vivido nosotras/os. La lucha continúa hasta que tengamos todos los derechos, todos.

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Feminista, activista LGBTI-DDHH, promotora y vocera principal de la campaña por el Matrimonio Civil Igualitario en Ecuador

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