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¿Puede el Feminismo ser de derecha?

Gabriela Montalvo

Esta es una de las preguntas más presentes en las discusiones feministas de la actualidad. Y aunque desde ciertas posturas radicales existe la tentación de responder con un rotundo ¡No!, pienso que merece la pena profundizar un poco en ello.

Si entendemos, junto a Alda Facio, que el “Feminismo es toda teoría, pensamiento y práctica social, política y jurídica que tiene por objetivo hacer evidente y terminar con la situación de opresión que soportan las mujeres y lograr así una sociedad más justa que reconozca y garantice la igualdad plena y efectiva de todos los seres humanos”, es claro que se trata de un movimiento amplio que además ahora se nombra a sí mismo en plural. Así, los feminismos son varios y diversos, recogen diferentes enfoques y planteamientos y algunos de ellos, ciertamente, se identifican con posturas de la derecha liberal.

Para empezar, es justo mencionar que el Feminismo también tiene orígenes en el pensamiento liberal, más precisamente en el liberalismo ilustrado, o por lo menos en una crítica a este sistema.

Las primeras feministas modernas reclamaron el hecho de que las reivindicaciones de las revoluciones liberal-burguesas: igualdad jurídica, de libertades y de derechos políticos, no se aplicaban a las mujeres.

Y desde ahí empieza además el conflicto con la semántica, ya que los «Derechos del Hombre y del Ciudadano» que proclamaba, por ejemplo, la Revolución francesa, llegaron, efectivamente, en exclusiva al «hombre» y no a todos los seres humanos.

La ideas de la Ilustración sobre la primacía de la ley, la autonomía de los seres humanos, el progreso, la dignidad humana y los derechos que le son inherentes estaban pensadas para hombres. Es más, para cierto tipo de hombres, por lo que no solo las mujeres quedaron marginadas de su goce.

Las primeras reacciones vinieron de pensadores liberales, de hombres y mujeres que advirtieron las incoherencias y contradicciones de esta exclusión con su discurso.  Por eso, los primeros movimientos feministas, conocidos como “La primera ola”, tuvieron como objetivo lograr la igualdad en los derechos sociales y políticos, con énfasis en el derecho al voto, pero también en la emancipación de la dependencia jurídica respecto a un hombre.

Fuente: Psicología-Online

Fue John Stuart Mill, filósofo utilitarista, economista liberal, político, quien propuso, en su calidad de parlamentario, las reformas legales para dar paso al voto femenino en Inglaterra contradiciendo incluso a las ideas de su padre. A pesar de que J. S. Mill no discutió la idea de una “naturaleza” distinta entre hombres y mujeres, consideraba que excluirlas de los derechos políticos constituía un “mal moral y social” y tuvo la suficiente sensibilidad para advertir que ciertas sutilezas, como la de utilizar la palabra hombre en lugar de la palabra persona representan y dan paso a la marginación.

No se puede, ni se debe negar que el liberalismo ha contribuido a la causa feminista. Sin embargo, tanto los feminismos como el propio liberalismo han evolucionado desde las luchas sufragistas.

Las reflexiones, los debates y los estudios feministas, al profundizar en el análisis del origen de la desigualdad han llegado a identificar al género como una construcción social, cultural, en la que esa “naturaleza” distinta entre hombres y mujeres que es, en principio, biológica, se traslada a todos los ámbitos de la vida, asignando a unos la categoría de masculinos y a otros la de femeninos.

En lo económico, esta división binaria coincide con la visión dicotómica que plantea el capitalismo cuando afirma que determinados espacios, lugares, actividades, tiempos y personas son productivos y tienen un lugar en el mercado, mientras que todo aquello que queda fuera de la esfera mercantil fue considerado improductivo.

En una asociación que para buena parte de los feminismos no es casual, la noción de productividad se asoció con el modelo imperante de masculinidad, con el ámbito público, del trabajo, de la producción de mercancías, con la generación de valor, simbólico y material, en tanto que el espacio doméstico se erigió como el espacio improductivo por antonomasia y las actividades que en él suceden, es decir las tareas reproductivas, no fueron vistas como trabajo y por tanto no adquirieron la dignidad que brinda este estatuto, quedando así excluidas de la remuneración. La noción del amor y la abnegación naturalmente implícitas en las tareas domésticas y de cuidado borraron cualquier posibilidad de que las personas que las realizan reciban a cambio un salario.

Fuente: Diario Publicable

Esa desvalorización material provoca una desvalorización social y simbólica de las actividades que realizan las mujeres. Las tareas vinculadas a la reproducción se entendieron como inertes, como actividades que, según lo explica la filósofa Belén Castellanos, “no producen nada nuevo, no crean valor”, actividades que se harían por pura naturaleza.

Esta falta de reconocimiento de las tareas domésticas y de cuidado como trabajo productivo también vino del marxismo y el socialismo. Estas corrientes advirtieron que la sujeción femenina no se debía a causas biológicas, sino que tenía relación con la exclusión de las mujeres de la esfera de la producción, pero no vieron en el trabajo doméstico el que permite la reproducción social.

Como es evidente, las luchas y demandas feministas no han sido parte fundamental de lo que conocemos como izquierda o derecha. Las feministas hemos tenido que buscar un espacio dentro de estas corrientes justamente para aclarar que no son posibles ni la libertad ni la igualdad si estas dejan fuera a la mitad de la humanidad.

Sin embargo, si es claro que la desvalorización simbólica y material de las actividades que realizan las mujeres es la que fundamenta y sostiene otras diferencias, si se entiende que esa posibilidad o imposibilidad de acceder a recursos económicos concretos, como el dinero en el salario, es determinante al momento de establecer relaciones de poder, es evidente también que, al menos una parte sustancial de la discusión sobre la desigualdad, está en el ámbito material. Y esa discusión, la del valor del trabajo y el salario, la de la reproducción social que hace posible la producción capitalista, es propia de las izquierdas, en todo caso de la heterodoxia económica, que critica desde varios frentes la suposición liberal sobre la igualdad de derechos, de capacidades, de libertades.

Autor: iStockphoto/nuvolanevicata.

Mientras que la construcción del género separa, en algunos casos violentamente, lo que considera masculino de lo femenino y de todo lo que no calce con la descripción hegemónica de masculinidad, la división que hizo la economía capitalista entre aspectos productivos e improductivos se encargó de asignar valor y prestigio al primero, propio de los hombres, mientras el segundo, al no tener valor de mercado, estuvo oculto y desvalorizado.

El Feminismo se ha encargado de hacer visible este trabajo, de cuantificarlo, de valorarlo, demostrando que ninguno de los postulados de la ciencia económica es puramente técnico ni neutral, sino que está cargado de una previa subjetividad. Para la economía feminista es imprescindible demostrar que las medidas y las políticas económicas tienen efectos diferentes sobre sujetos diversos, afectando sus condiciones de participación en lo económica y en lo social.

El liberalismo actual asume una igualdad de derechos que no se ha cumplido jamás y supone que las relaciones económicas terminarán por ajustarse eficientemente según la ley de la oferta y la demanda.

No contempla diferencias y asimetrías en cuanto a las capacidades de participación de diferentes individuos en el sistema económico y social y supone que todos, y todas, tenemos el mismo grado de libertad. No logra ver como sujeto a la comunidad, sino únicamente al individuo. Y la derecha se identifica con esta corriente de pensamiento.

Y aunque algunos discursos busquen minimizar el debate e incluso traten de negar la existencia de derecha e izquierda, las diferencias no son pequeñas ni tampoco son una cuestión meramemente formal. La diferencia entre izquierda y derecha es profunda, de raíz, es una diferencia conceptual que tiene que ver con la noción de justicia que cada una maneja; tiene que ver con las ideas de individuo y de colectividad; con conceptos profundos como el de escasez y abundancia; con la forma de concebir la misma naturaleza humana.

Esas profundas diferencias de pensamiento, esas diferencias filosóficas, se concretan en distintas formas de pensamiento económico y se sostienen en determinadas formas de ordenamiento jurídico. Y aunque hay matices en una y otra, la diferencia fundamental se manifiesta respecto a quién debe asumir la responsabilidad sobre la dignidad humana. Mientras que para la derecha liberal esa responsabilidad es exclusivamente individual y apela al desarrollo de capacidades personales en un entorno de autonomía y libertad, para la izquierda es la sociedad en su conjunto, a través del Estado, la que está llamada a garantizar el ejercicio de los derechos. Es esa diferencia, para mi, la que nos coloca en orillas distintas. Muchas veces irreconciliables.

Fuente: El confidencial

El feminismo de derecha, en tanto es parte de la filosofía liberal, asume que la responsabilidad por superar las diferencias entre hombres y mujeres es de cada persona, de cada mujer en particular. Este feminismo, si bien se ha unido, en ocasiones con bastante efectividad, a las demandas para erradicar la violencia física y sexual, o incluso para reivindicar derechos reproductivos, como la despenalización del aborto, al no discutir la desigualdad material, no tiene la misma mirada que los feminismos de izquierda o comunitarios sobre violencias más sutiles, pero no menos perversas, como la violencia económica y patrimonial. El feminismo liberal se ha concentrado en impulsar discursos de empoderamiento y “anti victimización”, en los que se terminan exaltando características asociadas a la masculinidad, tales como la capacidad de organización, de superación y de esfuerzo personal para conseguir llegar a la “meta”, que normalmente constituye entrar en un campo, ocupar un puesto o igualar un ingreso típicamente masculinos, sin considerar condiciones estructurales sistémicas o históricas. Términos que de plano los liberales niegan y ridiculizan. Para este tipo de feminismos, no cabe la crítica al capitalismo como modo de producción social, porque ven en el sistema productivista, en el crecimiento económico y en el progreso tecnológico el avance de la humanidad.

Para los feminismos de izquierda, y más precisamente para los feminismos comunitarios, la misma definición de economía es vista desde una mirada crítica. De hecho proponemos, con Amaia Pérez, cambiar el punto focal de la economía desde el mercado hacia la sostenibilidad de la vida.

Nos unimos a las visiones heterodoxas que critican fuertemente la noción de escasez y todo lo que ella ha implicado en términos de explotación natural. Sostenemos que existen modos comunitarios de trabajo, de producción y de distribución que no persiguen el lucro sino el bienestar. Estamos convencidas, como Estefanía Galván, de que el homo economicus que se presenta asexuado pero en verdad es varón, blanco, joven, sano, sin discapacidad, educado, “no es una buena representación de la mujer, pero tampoco del hombre”.

Fuente: Hemisferio izquierdo

¿Puede el Feminismo ser de derecha? Es una pregunta compleja. Es verdad que los feminismos son varios y diversos, pero hay límites y diferencias importantes en cuanto a la crítica que cada uno hace al patriarcado. Hay diferencias fundamentales con respecto a lo que cada uno entiende como tal, o más aún, si se acepta o no que existe un patriarcado.

Personalmente, estoy dispuesta a aceptar las luchas que, sobre todo personas específicas, hombres y mujeres, han hecho desde la derecha para avanzar en contra de la violencia física y sexual y a favor de la despenalización del aborto en todos los casos. Tampoco me representan los movimientos ni las figuras de la izquierda conservadora y patriarcal.

Apuesto por un feminismo que es capaz de mirar y analizar varios factores, que acepta el hecho de que existen condiciones estructurales, desigualdades y opresiones históricas, que entiende que el patriarcado se manifiesta tanto en el ámbito simbólico y cultural como en el económico y material y que afecta de forma diferenciada a diferentes hombres y a diferentes mujeres.

El feminismo en el que creo propone transformaciones y críticas más profundas y, definitivamente, le exige al Estado y a la sociedad hacerse cargo efectivamente de garantizar la dignidad.

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Gabriela Montalvo
Gabriela Montalvo
Feminista. Economista. Trabaja y estudia temas de Economía Feminista, Arte y Economía y Economía de la Cultura. Su trabajo se ha centrado en el análisis económico con enfoque de género, trabajo reproductivo y de cuidados, trabajo en el arte, estudio de brechas, análisis estadístico y diseño y cálculo de indicadores. Desarrolla su campo de investigación académica en el cruce entre Economía, Cultura y Feminismo.

1 Comment

  1. María Rodríguez dice:

    Excelente. Muy ilustrativo este texto para entender con profundidad al feminismo y su lucha a lo largo de los años. Sin duda, no agota los temas, pero amplía la perspectiva filosófica inclusive. ¡Bien!

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