La suerte del gobierno está echada. Si Guillermo Lasso persiste en aplicar a rajatabla el recetario del «Consenso de Washington» (reducir la masa salarial, reducir el gasto público, eliminar todo sistema de subidos, ampliar la recaudación hacia abajo -grabando el consumo y no la renta-, monetizar activos públicos y privatizar sectores estratégicos), tendrá la reacción de los sectores sociales organizados que piden el diálogo sin ser siquiera atendidos.
La decisión gubernamental de no procesar los conflictos está asegurando su escalamiento (FUT, CONAIE, UNE, organizaciones ambientalistas). La huelga de hambre de los maestros ha logrado «despostillar» en serio la retórica inmaculada del «encuentro» que sigue sin aceptar que la flexibilización laboral, el desarrollo extractivista y la desregularización del mercado, generán mayor desigualdad y desempleo.
Las medidas de ajuste que quiere el FMI, son las mismas recetas establecidas en las 18 cartas de intención que suscribió el país en el pasado reciente. Todas terminaron en fracasos, y con un costo político lapidario para los gobiernos que las aplicaron. Lasso no tiene la fuerza para imponer a Ecuador un modelo impopular. Pretender hacerlo será su suicidio.
