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Black Lives Matter y la quimera de la justicia racial

Galia Cozzi

Cada generación, dentro de una relativa opacidad, tiene que descubrir su misión, cumplirla o traicionarla.
Los condenados de la tierra. Frantz Fanon, 1961

 

Tu lucha, es mi lucha
Pancarta levantada por una protestante latina en Brooklyn, mayo de 2020

 

La sociedad estadunidense ha tenido que enfrentar una vez más la quimera del movimiento por los derechos civiles, aquel sueño de Martin Luther King Jr. que marcó la historia contemporánea del país. El 25 de mayo de 2020, el entonces oficial de la policía de Minneapolis, Derek Chauvin, se arrodilló sobre el cuello de George Floyd, un hombre afroamericano, y lo asfixió hasta matarlo. Las pancartas en donde se lee “Black Lives Matter” (“Las vidas negras importan”) vuelven a inundar las calles de las ciudades de Estados Unidos.

Lo que se asoma: la violencia policial y el encarcelamiento de cuerpos no blancos

Elegí hablar de quimera precisamente porque la igualdad, la democracia, la libertad y la justicia han sido simplemente ilusiones para millones de personas no blancas en Estados Unidos. La Ley de Derechos Civiles de 1964 significó un avance considerable en cuanto a ciertos derechos políticos y civiles para la ciudadanía afroamericana y no blanca en el país, como el derecho al voto, la desegregación racial en la educación y el acceso a establecimientos públicos, así como la prohibición de la discriminación laboral basada en raza, color, religión, sexo y origen nacional. Sin embargo, los cimientos racistas de la sociedad angloamericana, el racismo sistémico y estructural del cual tanto se habla, no parecen trastocados cuando vemos las trágicas expresiones de la vigilancia y violencia policial en este país.

Los asesinatos de Tony McDade (2020), George Floyd (2020), Breonna Taylor (2020), Philando Castile (2016), Jamar Clark (2015), Eric Garner (2014) y Michael Brown (2014), entre muchos otros, todos cuerpos negros asesinados a manos de la policía, se asoman y exhiben las bases de un sistema nacional construido sobre la dominación racial.

El contexto actual de brutalidad policial en contra de personas afrodescendientes, así como el encarcelamiento de millones de jóvenes afroamericanos debe ser entendido como parte de un sistema que se sostiene en una historia de racismo estructural para su funcionamiento social, político, ideológico y económico. Los cimientos coloniales y de esclavitud del “gran imperio norteamericano” se revelan una y otra vez al pasar de los años, sus expresiones de racismo que parecen esporádicas se asoman continuamente revelando que la opresión de personas no blancas es inherente dentro de la llamada “democracia americana”. En este gran proyecto de nación las personas afrodescendientes, seguidas por la población latina son las más afectadas por la pobreza. En este proyecto de nación la segregación racial urbana es intencionalmente perpetuada gracias a la gentrificación y a técnicas como el redlining (línea roja). En esta nación el acceso a los servicios de salud no es igualitario, tal como lo muestran los 23,000 decesos de personas afroamericanas por Covid-19. En esta nación no hay justicia racial. Punto.

Fuente: blogTO

 La violencia policial, que culmina continuamente en asesinatos, y el encarcelamiento masivo de cuerpos negros y latinos, son expresiones de una larga lista de injusticias raciales en este país. Un estudio realizado por The Sentencing Project en 2016 analiza la población en las prisiones estatales de Estados Unidos por raza —resulta interesante que el reporte indique que, si también se incluyeran las prisiones federales, las cifras incrementarían en un 50 por ciento. El estudio titulado El Color de la Justicia: Disparidad Étnica y Racial en Prisiones Estatales indica que de las 1.3 millones de personas encarceladas en Estados Unidos en dichas prisiones, el 38 por ciento son afroamericanas, 35 por ciento blancas y 21 por ciento latinas. Si consideramos la población general del país, desglosada por raza —13 por ciento afroamericanos, 62 por ciento blancos y 17 por ciento latinos—, la desproporción es, por no decir más, preocupante.  Por su parte, los cuerpos latinos también son vigilados y encarcelados dentro de un régimen xenófobo, donde el alto presupuesto federal otorgado al Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE), permite tener en promedio a 48,000 migrantes en centros de detención, según el Centro Nacional de Justicia para Inmigrantes.

Así como el encarcelamiento masivo de personas no blancas, la violencia policial es otro de los brazos racistas del sistema de justicia estadunidense. De acuerdo con la organización Mapping Police Violence, el 24% de los muertos a manos de la policía son negros, aunque el grupo solo constituye el 13% de la población total del país.

Un estudio de la Universidad de Rutgers realizado en 2019, muestra que aproximadamente 1 de cada 1,000 hombres y niños negros en Estados Unidos puede esperar morir a manos de la policía (2.5 veces más que los hombres y niños blancos) (Edwards et al.,2019). Por su parte, la organización National Council of La Raza indica que el segundo sector poblacional más afectado por la brutalidad policial es el latino. En su estudio indican que, de las 585 muertes registradas a manos de la policía en 2016, el 25 por ciento fueron contra afroamericanos y el 16 por ciento contra latinos. El régimen de “ley y orden” basado en el uso excesivo de vigilancia, fuerza y brutalidad en Estados Unidos deja un panorama devastador en su camino, en el que las vidas no blancas aun no importan.

Hasta ahora, la perspectiva que he presentado puede parecer desoladora. Efectivamente, tengo mis reservas debido a la historia de este país y percibo el panorama actual con un dejo de pesimismo hacia el futuro. Sin embargo, también hay que considerar que la lucha por la justicia racial en este momento presenta un cambio discursivo que va más allá de los derechos civiles y la lógica reformista, y voltea hacia las bases económicas de la democracia norteamericana; hacia una necesidad de la redistribución de la riqueza, en donde existe la posibilidad y la esperanza de que la lucha no desemboque en quimera sino en transformación real.

El desencanto frente a la quimera y una posible transformación

¿Por qué tanta rabia e indignación por el asesinato de George Floyd? ¿Por qué las protestas multitudinarias en todos los estados del país por su muerte? Precisamente porque su asesinato y el de otros y otras rememoran lo que se pensó inimaginable después de 1964, un racismo que permea todas las esferas de la sociedad estadunidense y que, como los linchamientos de la era de Jim Crow, queda impune una y otra vez.

Fuente: NPR

La rabia y la indignación después del 25 de mayo de 2020 tomaron las calles en forma de marchas, mítines, protestas y tomas incendiarias de recintos policiales. Las pancartas de “Black Lives Matter” volvieron a aparecer después de que este movimiento surgiera en 2014 tras el asesinato de Michael Brown. En las cartulinas caseras que se levantan en las protestas también se lee “Defund The Police”. En 2020, el objetivo de la lucha por la justicia racial en Estados Unidos es muy claro. Las reformas policiales no han sido suficientes para impedir el asesinato y encarcelamiento de personas no blancas de manera desproporcionada. Las reformas como el uso de cámaras corporales y el entrenamiento de desescalada e intervención en crisis, incorporadas desde hace algunos años en varios departamentos policiales del país, muestran su naturaleza paliativa y exhiben el núcleo violento y racista de la policía como guardián de la ley y el orden. Así, la exigencia de la lucha por la justicia racial ya no mira hacia los derechos civiles ni hacia las reformas a un sistema racista. Hoy por hoy, se exige desmantelar a la policía, eliminar su financiamiento gubernamental y, de ser posible, erradicarla como la conocemos.

Proponer el desmantelamiento de la policía (“Defund The Police”) muestra que el movimiento “Black Lives Matter” está formado por jóvenes afrodescendientes y no blancos que replantean la justicia racial en términos económicos.

En los mítines, mujeres y hombres negros de dieciocho y veinte años se cuestionan su rol en el sistema económico nacional. ¿Qué pasaría si los y las afroamericanas sacaran su dinero de los bancos? ¿Qué pasaría si dejaran de tomar los trabajos más precarios que sostienen desde abajo la economía estadounidense? Sus llamamientos recuerdan al “Día sin Inmigrantes” en 2017, cuando miles de migrantes, en su mayoría de origen latinoamericano, se rehusaron a participar en la economía del país para resaltar su contribución invisibilizada por el racismo y las políticas anti migratorias.

En 2020, las luchas por la justicia racial y la justicia migratoria se posicionan en un complicado panorama político y se plantean que, sin redistribución económica, tanto en el plano gubernamental como en el social, la democracia, la libertad y la igualdad no son más que elementos de una quimera.

Los cuerpos latinos de esta generación marchan bajo pancartas de “Tu lucha, es mi lucha” hombro con hombro “Black Lives Matter”. Esta generación debe llenarnos de esperanza. Su desencanto por las promesas de igualdad, que no debe leerse como apatía, ha provocado la necesidad de repensar la lucha por los derechos civiles, que a pesar de su éxito, ha sido insuficiente y cooptada por un sistema donde el racismo toma formas cada vez más sofisticadas y feroces de existir en una nación llamada democrática. La esperanza de este movimiento, el de las vidas no blancas, radica en que la quimera no desemboque de nuevo en desencanto.

Referencias:

Edwards, Frank, Hedwig Lee y Michael Esposito. 2019. “Risk of being killed by police use of force in the United States by age, race–ethnicity, and sex”. Proceedings of the National Academy of Sciences of the United States of America, 116 (34): 16793-16798.

Fanon, Frantz. 1961. Los condenados de la tierra. Fondo de Cultura Económica. Ciudad de México.

Nellis, Ashley. The Color of Justice: Racial and Ethnic Disparity in State Prisons. The Sentencing Project. Washington, D.C.

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Galia Cozzi
Galia Cozzi
Maestra en Sociología por la universidad New School for Social Research y candidata a doctorado en Estudios Feministas en la Universidad de Stony Brook (NY). Feminista mexicana interesada en los dilemas teóricos y políticos dentro de los feminismos, particularmente los que cruzan con colonialidad, raza, políticas de identidad y teoría queer. Coordinó junto con Pilar Velázquez el libro Desigualdad de género y configuraciones espaciales publicado por el CIEG, UNAM.

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