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El auge mundial de la extrema derecha: breve esbozo de interpretación

Fuente: A simple vista

Mateo Martínez Abarca

Existe en los últimos años un notorio auge de ideologías, comportamientos sociales, movimientos políticos y liderazgos populistas conservadores o de extrema derecha, prácticamente en todas las regiones del mundo. La reciente victoria de Jair Bolsonaro en Brasil, un ex militar que resumió su propuesta de campaña en la consigna de “bala, biblia y buey”; la del magnate y estrella televisiva Donald Trump en las elecciones del 2016 en los Estados Unidos, con su “América Grande Otra Vez”; de Rodrigo Duterte en Filipinas en el 2016, con su “audacia y compasión”; la llegada al poder en el 2018 de Matteo Salvini en Italia con su slogan “primero los italianos”; Narendra Modriy el ultra nacionalismo en la India o inclusive la barbarie del Estado Islámico; muestran que se trata de un fenómeno extendido que, con todas sus especificidades, parece arrojar algunas señas comunes en un contexto de crisis económica, política y social a escala global.

¿Cuáles son las razones de este auge? Plantear esta pregunta lleva en primer lugar a una revisión de varias experiencias históricas previas, así como sobre la vigencia de las categorías analíticas que han sido utilizadas para su interpretación.  Una de estas categorías es la de “fascismo”, cuya pertinencia y actualidad han vuelto a situarse en el orden del día.

En términos teóricos, la construcción de una definición de “fascismo”, ha sido tan problemática y controvertida como su uso.

Esto a razón de que refiere no solamente a la experiencia concreta de la Italia de Mussolini (a quien por cierto Salvini admira); sino también a otros regímenes de la primera mitad del siglo XX de rasgos similares, como la Alemania de Hitler, la España de Franco o el Portugal de Salazar. Otros procesos como el estalinismo en la Unión Soviética (un “fascismo rojo” en palabras del filósofo Karl Korsch), algunos elementos del peronismo en la Argentina y el getulismo en Brasil, por poner unos pocos ejemplos, han sido caracterizados también como “fascismos”.

Con una genealogía tan densa como esta, es natural que el término resulte oscuro. Esto a razón de que, al igual que con la categoría de “populismo”, la construcción del fascismo como concepto ha buscado hacer hincapié más en las semejanzas que en las diferencias, lo cual ha puesto en cuestión su validez interpretativa. No obstante, un enfoque excesivamente particularista tiende a ocultar que en efecto existen patrones que se repiten en un conjunto distinguible de fenómenos políticos propiamente modernos, que hace que, en una perspectiva de política comparada, sea posible establecer “relaciones de parentesco” entre aquellos fenómenos precedentes y los actuales. En este sentido, se vuelve necesario articular un marco conceptual que permita reconocer la novedad de esta tendencia, sus rasgos y contextos particulares, sin excluir antecedentes históricos que puedan arrojar luz sobre el presente.

Fuente: Nueva Tribuna

A poco tiempo de caer el régimen nazi en Alemania, Max Horkheimer -filósofo de la tradición de teoría crítica de la Escuela de Fráncfort-, señalaba que quien no quiere hablar acerca del capitalismo debería callarse también respecto del fascismo. Si tomamos como punto de partida la relación entre fascismo y capitalismo, quizá podamos acercarnos de manera mucho más profunda a una lógica estructural que no solamente se encuentra tras los fascismos de la primera mitad del siglo XX y que puede ayudarnos a establecer algunas ideas que permitan una aproximación al auge actual de la extrema derecha, los riesgos de una regresión autoritaria aún mayor y algunos caminos para enfrentarla desde una posición de izquierda.

El primer aspecto que hay que considerar, es que tanto los fenómenos políticos antes descritos como los que empiezan a cobrar vuelo actualmente, aparecen en un marco de crisis.

Por supuesto, la crisis se expresa en términos económicos, políticos, sociales e inclusive culturales (y de ahí su especificidad). Pero el problema de fondo estaría situado en la propia naturaleza contradictoria que está inscrita en la modernidad capitalista y en su incapacidad de cumplir la serie de promesas de abundancia y emancipación, que en cierta manera se encuentran resumidas en los principios políticos liberales de la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad.

Tal como ha sido observado en innumerables ocasiones desde el siglo XIX y especialmente desde la elaboración crítica de Marx, tales principios (y promesas) no van mucho más allá de la pura abstracción formal. De ahí la necesidad de transformar las relaciones sociales concretas y así realizar en el mundo dichas promesas emancipadoras “modernas” de manera material y objetiva.

Tal es, en términos simplificados, la apuesta radical del socialismo y del comunismo como superación del liberalismo, que conduciría a que, con el fortalecimiento de los movimientos obreros y sus partidos, al menos desde el último cuarto del siglo XIX y durante casi todo el siglo XX, no pueda entenderse la política sin considerar la actualidad de la idea de Revolución. Pero esto produce al mismo tiempo una serie de reacciones de los sectores dominantes tanto a nivel local como global, quienes también escalan en la radicalidad de su defensa de sus privilegios y el orden establecido.  En “Fuego y Sangre”, libro del historiador Enzo Traverso sobre el periodo de 1914 a 1945 en Europa, se establece que el conflicto profundo tras las dos guerras mundiales fue una especie de “guerra civil” en la cual estaban confrontadas tanto la posibilidad inminente de la revolución (propulsada por el triunfo de los bolcheviques y el establecimiento de la URSS), como la violenta reacción conservadora que después daría pie a la emergencia de los fascismos.

Fuente: Cooperativa. Diactadores de Chile (Pinochet) y Argentina (Videla).

De ahí que Walter Benjamin señalara que todo ascenso del fascismo atestigua una revolución fracasada. ¿Conserva esta frase su vigencia para comprender el auge actual del neoconservadurismo y la extrema derecha? Quizá sea, como sostiene Zizek, más pertinente que nunca. Con la caída de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) -que fue más un contradictorio experimento autoritario de capitalismo de Estado que de socialismo-, y sin ya existir un proyecto contendor de magnitud suficiente, el capitalismo en su vertiente neoliberal se aventuró a declarar el “Fin de la Historia”. La intensificación de la explotación del trabajo y la naturaleza, el aumento de la desigualdad a escala global, la devastación indetenible del mundo natural, la guerra y la violencia, los grandes movimientos migratorios entre el sur y el norte o la corrupción, son algunas de las consecuencias de la hegemonía dictatorial neoliberal, pero también signos incontrastables de su crisis.

El movimiento obrero y la izquierda mundial, profundamente golpeados y en crisis, lamentablemente no han sido capaces de rearticular una alternativa viable, que involucre repensar tanto las condiciones actuales del capitalismo mundial y la creciente insatisfacción provocada por el neoliberalismo, como la emergencia de nuevos sujetos.

Si ha habido una respuesta, ha provenido de nuevos movimientos sociales, quienes desde finales de los años 60 pero sobre todo en la última década del siglo XX, consiguieron encarar la crisis y esbozar alternativas para otro mundo posible.

Y en este marco de conflictividad, movilización social y descontento, aparecen en algunos países soluciones populistas reformistas o “progresistas”, que de alguna forma aprovecharon el momento y se convirtieron en la materialización política de las demandas sociales ante la incapacidad del neoliberalismo (incluidos los gestores social demócratas que capitularon ante él), de dar alguna resolución a su propia crisis.

El problema es que los gobiernos reformistas denominados como“progresistas” (por ejemplo, aquellos de la “marea rosa” en América Latina o el de Syriza en Grecia), no solo que no fueron capaces de construir soluciones estables a la situación de crisis, sino que en la mayoría de los casos traicionaron sus propias plataformas políticas y terminaron derivando, deformados además por prácticas corruptas y autoritarias, hacia el mismo derrotero neoliberal. Lo mismo gobiernos moderados y socialdemócratas en todas las latitudes, que difícilmente eran distinguibles de sus contrapartes de derecha. Es así como, a lo largo de la última década y de manera particular con el estallido de la crisis económica mundial en 2008 -que tiende a agravarse hacia el 2020-, llegamos a tener condiciones propicias para el auge de distintos proyectos neoconservadores, de extrema derecha o plenamente neofascistas.

Al igual que en las primeras décadas del siglo XX, el auge de ideologías, comportamientos, movimientos y liderazgos de extrema derecha tiene que ver con la crisis.

En primer lugar, crisis económica mundial. Como sabemos, la gran depresión de 1929 influyó decisivamente en la articulación de soluciones neoconservadoras y de extrema derecha que tendieron hacia la construcción de Estados autoritarios y violentos; nacionalismos recalcitrantes; culto a caudillos carismáticos y voluntaristas; erosión de los procedimientos e instituciones democráticas liberales; aumento del racismo y la xenofobia a un grado criminal, entre otras cosas. El fascismo italiano y el nazismo alemán, además, aparecieron en la escena política elaborando discursos críticos contra el capitalismo internacional y su crisis, aunque casa adentro pactaron con las elites empresariales, industriales y financieras. En la actualidad, los “mercados” no tienen ningún problema en ver con buenos ojos a los nuevos gobiernos autoritarios y hay evidencia creciente de que el capitalismo ha empezado a prescindir de la democracia liberal para su reproducción. Por consiguiente, existen pocas dudas de que la crisis económica iniciada en el 2008 y en vías de empeorar hacia el 2020, no este relacionada con la reaparición de la extrema derecha en la actualidad.

La meteórica entrada en escena de Trump, por poner un ejemplo reciente, vino de la mano de un discurso elemental pero sumamente crítico con el reformismo moderado de Obama, a favor del proteccionismo, en contra de la globalización y el libre comercio, así como por la restricción mayor de los flujos migratorios (el muro con México sirvió como enganche). Temas que fueron decisivos para captar no solamente el voto de los sectores más recalcitrantes de la AltRight o derecha alternativa y la población blanca, anglosajona y protestante; sino también de sectores medios y populares, cuyas condiciones de vida han ido deteriorándose desde que Reagan empezó a aplicar el recetario neoliberal en la década de los ochenta.

Fuente: Muros & Murallas

De igual manera, la crisis del modelo neoliberal de integración en la eurozona propulsado por las élites (un ejemplo es el Brexit) y el problema de la migración, catapultaron a Matteo Salvini en Italia o a Viktor Orbán en Hungría a las primeras magistraturas y son elementos de fuerza en el discurso de distintos movimientos de extrema derecha que ascienden en toda Europa, como Alternativa por Alemania (AfD); VoX en España; el Frente Nacional en Francia; los Demócratas Suecos, entre otros.

En segundo lugar, se trata de una prolongada crisis de la izquierda tras el colapso del proyecto revolucionario mundial con la caída de la URSS y fracaso de las alternativas materializadas en la propuesta altermundialista (ahora es la derecha quien domina el discurso antiglobalización) y en los proyectos “progresistas”. En este sentido, el triunfo de Bolsonaro en Brasil es una reacción radical de las elites conservadoras, quienes fueron capaces de movilizar el desencanto de la población ante las inmensas contradicciones de sucesivos gobiernos del Partido de los Trabajadores. Este ejemplo ilustra que aquella frase de Benjamin conserva todavía su vigencia y que los fracasos de las alternativas que ocupan el campo político de la izquierda (aunque no siempre sean posiciones de izquierda), tienen un correlato reaccionario que puede llegar a ser, como sostiene Michel Löwy sobre el caso brasileño, semi fascista o neofascista. ¿Podemos leer la frase de Benjamin a la inversa e imaginar que la derrota de los fascismos implica la necesidad de un nuevo ascenso de proyectos revolucionarios?

FUENTE: PCOE – Análisis

Los enemigos de la reacción conservadora son aquellos sectores sociales que en la actualidad desafían el orden regresivo y cada vez más violento: feministas; indígenas; trabajadores precarizados; campesinos despojados; migrantes; ecologistas e intelectuales; quienes este momento representan la respuesta más estructurada y última línea de defensa ante este auge desde la izquierda. En este estado, comienza a cobrar sentido el diagnóstico de Franco “Bifo” Berardi, de que nos encontramos en un escenario de guerra civil global en el cual el orden impuesto tras el “fin de la Historia” también se derrumba, escenario de descomposición radical del cual, a menos que logremos construir alternativas post capitalistas, será difícil salir. Y dada la naturaleza decisiva de este conflicto y estando en riesgo inclusive la misma posibilidad de reproducción de la vida en el planeta, todos los esfuerzos colectivos son necesarios e imprescindibles, aunque no existen soluciones fáciles.

Finalmente, lo anterior se enmarca en la crisis general y orgánica que atraviesa la modernidad capitalista en sus propios fundamentos, con todas sus promesas incumplidas y contradicciones irresolubles.

La discusión profunda, por tanto, no es si el concepto de fascismo es o no válido para entender el momento actual, sino a través de qué maneras el capitalismo nos conduce de manera ineluctable a él.

Al mismo tiempo, si bien el ritmo de generación de alternativas post capitalistas es mucho más lento que el de la devastación, no podemos renunciar a la esperanza utópica de otro mundo emancipado que, como decía Ernst Bloch, ya experimentamos de alguna manera en la infancia. Mundo que puede reencontrarse todavía en los pequeños asombros de la cotidianidad, en los sueños, la risa, en las experiencias políticas colectivas, en la solidaridad, en la belleza de las obras de arte y en el amor.  El fascismo no puede contra aquellas cosas, inscritas en lo más profundo de la experiencia humana. Si existe un camino que nos aleje del abismo ante el cual nos precipitamos y que conduzca al comienzo de la verdadera historia de la humanidad, camino que permita una reconstrucción de la capacidad crítica y transformadora desde la izquierda, quizá también tenga que empezar a labrarse desde ahí.

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Mateo Martínez
Mateo Martínez
Filósofo, escritor y analista político.

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