El feminismo, una apuesta de vida
agosto 7, 2019
La reunificación del Partido Socialista Ecuatoriano y los desafíos de la Izquierda
agosto 15, 2019
Mostrar todo

Los Señores de Esmeraldas de Andrés Sánchez Gallque

Foto: El Telégrafo

Carmen Fernández-Salvador

Después de su descubrimiento por José Gabriel Navarro en el Museo Arqueológico de Madrid, el triple retrato de Don Francisco de Arobe y sus dos hijos, ejecutado en 1599, ha atraído la atención de innumerables académicos. La pintura, estudiada con detenimiento por Tom Cummins y más recientemente por Andrés Gutiérrez Usillos y Susan Webster, muestra a Don Francisco de Arobe, de 56 años, y a sus dos hijos, Don Pedro y Don Domingo, de 22 y de 18 años, respectivamente, según reza la inscripción.[i] Los Arobe eran los descendientes de Andrés Mangache, un esclavo que había escapado del naufragio de un barco que viajaba de Panamá a Chile, y que se había refugiado en la provincia de Esmeraldas, en la costa del Pacífico. En su calidad de líderes de una comunidad indígena, los Arobe llegaron a Quito en un gesto que simbolizaba su sometimiento a la autoridad real. En ocasión de esta visita, Juan del Barrio de Sepúlveda, oidor de la Real Audiencia de Quito, comisionó la ejecución del lienzo y se lo envió como un regalo a Felipe III de España. Los personajes se muestran de pie, sobre un fondo neutro y en un espacio ambiguo.

En el centro, Don Francisco dialoga con el espectador, mientras que sus hijos, en un segundo plano, dirigen su mirada hacia el padre. Los tres sostienen lanzas en sus manos, y se retiran los sombreros, como si reconociesen la presencia del rey frente a ellos.

Vestidos con ricos trajes que habían recibido de los vecinos de Quito, el retrato muestra la incorporación de los tres caballeros a la vida política de la ciudad y el triunfo de ésta sobre su supuesta barbarie. El mismo Barrio de Sepúlveda reconocía esto en la carta que acompañaba al retrato. “Van todos retratados muy al propio como son y andan de ordinario excepto el vestido que luego que dieron paz y obediencia a V.Ma (Vuestra Magestad) y de ellos se tomó la posesión y fueron puestos en V. Real Corona se les dio como de sus retratos,” escribe el magistrado. Y añade que “lo uno y lo otro parece porque no son gente política y en su tierra que es caliente no traen más que mantas y camisetas como los demás indios”. Lo que es particularmente interesante, dada la importancia del mecenas y audiencia de la obra, es que se selecciona a un pintor indígena, como fue Andrés Sánchez Gallque, para ejecutarlo.

Es posible que el artista haya aprendido el oficio en el franciscano Colegio de San Andrés, en donde se educaron miembros de la nobleza indígena, aunque es más probable que se haya entrenado en este arte y en el de la caligrafía con Fray Pedro Bedón. Religioso criollo, de la orden de Santo Domingo, Fray Pedro Bedón es el autor de la Virgen de la Escalera y de por lo menos un libro coral, en cuyas páginas se aprecian iniciales ricamente adornadas. Bedón también fundó la Cofradía de la Virgen del Rosario de Naturales, a la que perteneció Sánchez Gallque junto con otros pintores indígenas. A la derecha, un texto en latín proporciona información sobre el comitente y audiencia de la obra, y sobre su fecha de ejecución. Más abajo se aprecia la elaborada firma del pintor, uno de los elementos clave del retrato. Según señala Susan Webster, la elegancia de su caligrafía, al igual que el uso de abreviaturas, permitía que el pintor se posicionase como el conocedor de una escribanía educada y, por extensión, poseedor de una cultura elevada.

El retrato de Don Francisco de Arobe y sus hijos, por otro lado, llama la atención hacia los materiales empleados en la fabricación de diferentes objetos y hacia su propia materialidad, un análisis de lo cual nos permite entender la complejidad de la cultura colonial.

La indumentaria y los adornos faciales de los tres caballeros revelan el encuentro entre diferentes culturas, como bien lo sugiere Gutiérrez Usillos. De esta manera, nos acercan a procesos de imposición, apropiación y adaptación que marcan las relaciones de poder coloniales. Los rostros van adornados con ricas joyas de oro, las que recuerdan a la tecnología desarrollada por los pueblos de la región en el período precolombino. Los collares, o sartales blancos, en palabras de Juan del Barrio y Sepúlveda, habrían sido elaborados con conchas y dientes de pescado. Los sombreros, al igual que las lechuguillas que adornan sus cuellos y los encajes de los puños, nos remiten a la usanza europea y confieren distinción a los retratados, mientras que las lanzas con puntas de hierro habrían sido introducidas en la región de Esmeraldas por los descendientes de esclavos. Los tres hombres visten uncus, como se llamaban a las túnicas que vestían los indígenas en épocas anteriores a la conquista. Tradicionalmente, los uncus se fabricaban con algodón o con lana de camélido, y llegaban hasta la rodilla. Durante el período colonial, se comienzan a emplear otros textiles y la túnica se acorta hasta convertirse en una camiseta que, en honor a la castidad, iba acompañada de un pantalón. Era común que los indígenas cubrieran sus hombros con mantas. En la pintura, Don Francisco lleva un uncu de lana. Sin embargo, las túnicas de sus hijos y los mantos parecerían estar fabricados con seda, un material importado del Asia. Al igual que los objetos de marfil y de porcelana, este rico textil llegaba a las colonias hispanoamericanas por medio del Galeón de Manila, como se conocían a las naves que cruzaban el Pacífico entre Filipinas y Acapulco.

Los materiales empleados por el artista están también cargados de significado. De acuerdo a análisis recientes realizados por el Museo del Prado, y publicados por Gutiérrez Usillos, Sánchez Gallque utiliza pigmentos americanos, como son el albayalde y la azurita.

Más interesante aún es la aplicación de pan de oro, un metal proveniente de las minas americanas, en ciertas partes del lienzo, como son los ornamentos faciales y las letras. Susan Webster argumenta que el pintor utiliza de manera consciente estos materiales, con el fin de transmitir significados locales a un observador distante. Al hacerlo, el cuadro pone de manifiesto la extracción de la riqueza americana como parte esencial de la empresa colonizadora.

El retrato de Don Francisco de Arobe y sus hijos forma parte de la colección del Museo del Prado, pero se exhibe en la exposición permanente del Museo de América, en Madrid. El lienzo se encuentra en préstamo en el Museo Nacional de Quito hasta el día de hoy, 10 de agosto de 2019.

Referencia:

[i] Tom Cummins, “Three Gentlemen from Esmeraldas: A Portrait Fit for A King”, en Slave Portraiture, Colonialism, and Modern Imperial Culture, ed. Agnes Lugo-Ortiz and Angela Rosenthal (Cambrige: Cambridge University Press, 2013), 119-4; Andrés Gutiérrez Usillos, “Nuevas aportaciones en torno al lienzo titulado ‘Los mulatos de Esmeraldas’. Estudio técnico, radiográfico e histórico”, en Anales del Museo de América 20 (2012): 7-64;

Susan V. Webster, Andrés Sánchez Gallque y los Primeros Pintores de la Audiencia de Quito. Quito: Casa de la Cultura Ecuatoriana Benjamín Carrión, 2014 y  Lettered Artists and the Languages of Empire: Painters and the Profession in Early Colonial Quito (Austin: University of Texas Press, 2017).

Comparte:
Carmen Fernández
Carmen Fernández
Decana del Colegio de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad San Francisco de Quito. Licenciada en Artes en Historia del Arte de la Universidad George Washington, Magíster de la Universidad de Tulane y PhD. en Historia del Arte de la Universidad de Chicago. Sus intereses de investigación incluyen la historia del arte colonial; arte y cultura jesuita; imágenes y oratoria sagrada; antropología de imágenes; e historiografía.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *