¿Cómo construir ciudades incluyentes y justas?

¿Cómo construir ciudades incluyentes y justas?

Daniela Chacón

La pandemia y la crisis social y económica que esta ha ocasionado, han provocado un aumento sin precedentes en los niveles de pobreza y de desigualdad de América Latina. La CEPAL señaló en el Panorama Social de América Latina 2020 que la pobreza y la pobreza extrema han alcanzado niveles que no se habían observado en los últimos 12 y 20 años, respectivamente, y que los índices de desigualdad han empeorado, afectando especialmente a las mujeres.

La última encuesta nacional de empleo, desempleo y subempleo de noviembre de 2021 señala que la tasa de desempleo en el área urbana fue del 5,8%. Únicamente un 41.8% cuenta con empleo pleno, mientras que más del 47% está en el subempleo y la tasa de empleo no remunerado llega casi al 5%. Al desagregar estas cifras se puede ver que las mujeres se encuentran en una situación más precaria, por ejemplo, la tasa de empleo pleno fue de 39% para los hombres y 26.5% para las mujeres; la tasa de desempleo se ubicó en 5,8% para las mujeres y 3,4% para los hombres; y, el ingreso laboral promedio de un hombre con empleo fue de USD 319, mientras que para una mujer con empleo fue de USD 262. Los hombres con empleo remunerado laboran unas 37 horas a la semana, mientras que las mujeres 31 horas.

Estas cifras no muestran una diferencia que puede cambiar en cualquier momento, sino las desigualdades estructurales que enfrentan las mujeres en las ciudades del Ecuador. La empleabilidad de las mujeres, la cantidad de horas que trabajan y su remuneración está directamente relacionada a las tareas de cuidado no remuneradas que las mujeres hemos asumido por tiempos inmemoriables. Estas tareas incluyen el cuidado de los niños, niñas, adolescentes, adultos mayores y personas con discapacidad del hogar, las actividades de mantenimiento del hogar y las actividades de solidaridad a otros hogares y de apoyo a la comunidad.

Del 2007-2017, por cada 100 horas de trabajo no remunerado, las mujeres realizaron 77 y estas tareas se empiezan a hacer desde la adolescencia. Las mujeres de 12 años en adelante dedican semanalmente en promedio 31 horas a actividades de trabajo no remunerado versus 11,3 horas de los hombres. Las familias ahorran USD 32 por cada USD 100 de gastos debido al trabajo doméstico no remunerado.

El hecho de que sobre las mujeres recaigan casi exclusivamente las tareas de cuidado del hogar incide directamente en su calidad de vida. El destinar tantas horas de nuestra semana a estas labores impide el acceso a empleos adecuados. Adicionalmente, las ciudades no consideran a estas labores como parte de la planificación y por tanto dificultan las vidas de las mujeres. Por ejemplo, los sistemas de transporte de las ciudades consideran a los viajes productivos, es decir aquellos que son de la casa al trabajo, como los principales para planificar por dónde van los buses y con qué frecuencia. No consideran los viajes reproductivos, es decir los realizados por las mujeres en relación a las tareas de cuidado no remunerado.

Las mujeres por tanto deben usar más buses, gastar más y tomar más de su tiempo para realizar sus tareas diarias, a diferencia de los hombres cuyos trayectos son directos y fáciles de realizar. A pesar de que las mujeres son las principales usuarias de los sistemas de transporte de las ciudades, las que más caminan y ocupan los espacios públicos, estos no están pensados para ellas. A esto le debemos agregar que estos espacios son violentos. La mayoría de las mujeres tiene miedo de usar el transporte y espacios públicos en las ciudades puesto que la incidencia de acoso y violencia sexual es muy alta.

La encuesta nacional sobre relaciones familiares y violencia de género contra las mujeres de 2019 señala que el 32.6% de mujeres en el Ecuador ha sufrido a lo largo de su vida alguna forma de violencia en el ámbito social (espacios públicos) pero 43 de cada 100 mujeres entre los 18 y 29 años lo han experimentado. Al 23.5% la tocaron, besaron o manosearon sus partes íntimas en contra de su voluntad y/o la obligaron a mirar escenas o actos sexuales o pornográficos, de estas mujeres el 97.1% no denunció el hecho.

Así como el transporte y los espacios públicos no consideran las necesidades y vivencias específicas de las mujeres, la planificación urbana tampoco lo ha hecho. Al pensar las ciudades solo desde la perspectiva de las actividades productivas, se ha dejado en los hombros de las mujeres las tareas reproductivas y ellas han asumido el costo de proveerlas solas. Los servicios de cuidado públicos son insuficientes y los privados son inasequibles para muchas familias, especialmente las monoparentales cuyas jefas de hogar son mujeres.

La pandemia como ya mencioné ha agravado la situación. En Quito, por ejemplo, la mendicidad ha incrementado en 300% y las mujeres son las principales afectadas representando el 60%. Estas cifras no son casuales, pues el principal obstáculo para la plena inserción de las mujeres en el mercado laboral está relacionado con las tareas de cuidado no remuneradas que incrementaron durante la pandemia. Esta situación afecta a las mujeres más pobres. El estudio de la CEPAL muestra que en los hogares del primer quintil de ingresos, una de cada tres mujeres de 20 a 59 años se encuentra fuera del mercado laboral por atender responsabilidades familiares, mientras que en los hogares del quinto quintil, esta situación afecta en promedio al 5% de las mujeres.

Una ciudad que es verdaderamente justa e incluyente entiende que las actividades reproductivas son tan valiosas como las productivas y que por tanto la planificación urbana debe considerarlas. Durante muchos años en Quito, el municipio proveía de servicios de cuidado para niños y niñas, un servicio que fue descontinuado en la pandemia, precisamente cuando más se necesitaba. Ciudades como Bogotá están implementando sistemas municipales de cuidado donde las familias, las mujeres pueden encontrar servicios a bajo costo o gratuito dependiendo de sus niveles de ingreso y donde además se están empleando a mujeres precarizadas y remunerando los cuidados. En ciudades como Cartagena, el municipio está transversalizando la perspectiva de género en el plan de desarrollo urbano lo que quiere decir, entre otras cosas, que están identificando los barrios donde se requieren servicios de cuidado públicos o a bajo costo a fin de incluirlos en las acciones que el municipio debe implementar o incentivar.

Existen iniciativas como Invisible Commutes que están visibilizando los trayectos y vivencias diarias que las trabajadoras domésticas remuneradas deben soportar para trabajar. Esto puede permitir a los municipios planificar los sistemas de transporte pensando en sus principales y más vulnerables usuarias. En Quito, por ejemplo, una trabajadora doméstica remunerada debe tomar al menos 2 buses y caminar largos trayectos para llegar a los barrios de familias de altos ingresos o urbanizaciones privadas donde simplemente no hay transporte público. ¿Acaso existe una injusticia o una exclusión más grande que cientos de miles de mujeres en nuestras ciudades deban movilizarse durante horas todos los días para poder trabajar?

La construcción de ciudades más justas e incluyentes solamente se puede hacer si se conoce la realidad de las personas más vulnerables y estas son las mujeres y sus dependientes: niños, niñas, adultos mayores y personas con discapacidad. Las ciudades no pueden desentenderse de estas profundas brechas de desigualdad, no son competencia únicamente del gobierno nacional y tampoco se las puede dejar al sector privado. Las desigualdades en nuestras ciudades tienen una raíz en la división sexual del trabajo y en la carga desproporcionada y no remunerada de las tareas de cuidado que asumimos las mujeres. La planificación urbana debe considerar a las tareas reproductivas tanto como a las productivas y proveer de servicios públicos de calidad y asequibles que permitan repartir la carga de los cuidados en toda la sociedad. No olvidemos que los cuidados sostienen a las sociedades.

Directora Ejecutiva de Fundación TANDEM. Coordinadora iniciativa Quito Cómo Vamos. Concejal de Quito entre 2014 y 2019. Vicealcaldesa de Quito de 2014 a 2016. Experta en implementación de políticas públicas urbanas con enfoque de género y participación ciudadana. Le encanta cocinar y subir las montañas que rodean a Quito.

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