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Machismo presidencial

María José Machado

La importancia de los discursos presidenciales no puede ser relativizada cuando en nuestras democracias el peso del ejecutivo es gravitante en las decisiones de política pública, que finalmente definen qué se hace y qué se deja de hacer para cerrar las brechas de desigualdad y no agravarlas.

En lugar de comprender a la violencia contra las mujeres basada en el género como un problema estructural, político, público, cuya base está en la desigualdad de poder entre hombres y mujeres y en las acciones y omisiones intencionales que pretenden mantener la subordinación de las mujeres; en lugar de comprender a la violencia contra nosotras como un hecho sistemático, que atraviesa todos los estratos socioeconómicos, el ciclo completo de nuestras vidas, los ámbitos público y privado; en lugar de comprender a la violencia contra las mujeres como un fenómeno global, como un continuum que se manifiesta desde lo aparentemente sutil, que se pasa por alto como violencia simbólica en los estereotipos de género, que se convierte en violencia psicológica para reforzar estos prejuicios y escala hasta ser violencia física y sexual y que, ante la omisión estatal o sus acciones revictimizantes, no oportunas y misóginas, decanta en feminicidio, su expresión anunciada más extrema; en lugar de comprender a la violencia contra las mujeres como no natural, no cultural, perfectamente prevenible y erradicable a través de la acción política; los líderes de nuestros países se permiten hablar de ella desde sus prejuicios, desde sus miedos y desde su completa ignorancia.

Fuente: Infobae

Pero también nuestros gobernantes se atreven a hacerlo desde la superioridad que da el poder. Dicen lo que se les ocurre sobre la violencia porque eso piensan y porque pueden, porque son hombres. Lo dicen, tan campantes, porque no se permiten ser asesorados, consultar con personas expertas, preguntar, dudar, estudiar, escuchar a las mujeres víctimas y a las sobrevivientes y leer los pliegos de peticiones que llaman menos la atención que las paredes en las que tenemos que escribir las violencias contra nosotras porque importan más las nociones tradicionales de “patrimonio” que los golpes y abusos sobre nuestros cuerpos: esas huellas de violencia que no les importan y que por eso debemos grafitear.

Según datos de CEPAL, más de la mitad de los feminicidios en el mundo ocurren en América Latina. En promedio, doce mujeres latinoamericanas son asesinadas por día, por motivos de género. Solo en 2 de cada 100 casos los agresores son enjuiciados.

El arma más utilizada para privar de la vida a una mujer es el cuchillo de cocina. Muchas mujeres terminan asesinadas cuando denuncian a sus parejas o cuando deciden terminar una relación abusiva. América Latina es una región tolerante con la violencia feminicida. Nuestros gobernantes parecen no tener clara su responsabilidad con las vidas de las mujeres y con nuestra lucha para exigirla libre de violencias y medidas integrales para que el estado pueda prevenirla, atenderla y repararla.

La pobreza, la pertenencia a pueblos y nacionalidades, la baja escolaridad, las prácticas nocivas que incluyen las uniones tempranas de las niñas, la dependencia económica, la reducción de los cuerpos de las mujeres y niñas a objetos sexuales, la diversidad funcional, la situación de movilidad humana, son distinciones personales que profundizan la desigualdad y que deben considerarse para erradicar la violencia.

El 65% de mujeres en el Ecuador han experimentado por lo menos un hecho de violencia a lo largo de su vida, 32% durante el último año, el 43% por parte de su pareja. El 70% de las mujeres indígenas ha vivido violencia gineco-obstétrica.

Cada tres días una mujer muere asesinada por motivos de género. En 2019, 106 mujeres fueron víctimas de feminicidio en el Ecuador, el 60% eran madres. Y la evidencia no alcanza al prejuicio.

Hace varios días Lenin Moreno afirmó que los hombres estarían sometidos permanentemente al peligro de que los acusen de acoso y que las mujeres nos ensañamos únicamente con los “feos” para denunciarlo. En estos días Andrés Manuel López Obrador atribuyó la violencia contra las mujeres al neoliberalismo, a la falta de valores y pidió a las feministas que dejen de pintar las paredes con sus consignas. Ni uno ni otro escucharon a las mujeres. Ambos, a su manera, piensan que las mujeres exageramos, nos responsabilizan de la violencia que vivimos, no saben reconocer a la violencia como lo que es y cómo condiciona, cada día, nuestras libertades.

Fuente: Infobae

Mientras a Moreno le preocupan casos potenciales y, de haberlos, muy aislados, de hombres que pueden ser denunciados por acoso, perdiendo de vista los casos reales que no se denuncian, aquellos que sí y que no se investigan ni resuelven, pensando que inventamos la violencia, a López Obrador, a propósito del espeluznante feminicidio de una niña de siete años, como desde un púlpito, le preocupa “la crisis de valores” y no la ausencia de leyes, datos y políticas públicas efectivas que debería superar el estado. La solución, según él, sería “purificar y moralizar la vida pública”. No sorprende, entonces, que el presidente mexicano haya reducido el presupuesto para las casas de acogida a víctimas de violencia ni que Moreno haya disminuido a la mitad el personal de los servicios de protección especial para las víctimas de violencia. Señalar a un otro abstracto como responsable, y no al estado como principal perpetrador de la guerra feminicida contra las mujeres, es un denominador común de la misoginia que nos gobierna a las latinoamericanas, en una espiral que es expresión de la violencia que la causa y que la alimenta.

Las mujeres no estamos seguras en ningún sitio. Nuestras casas son los lugares más peligrosos para nosotras, pero también lo son las calles, las plazas, los buses, los hospitales, las escuelas, las iglesias y nuestros lugares de trabajo.

La gran mayoría de nosotras estaremos expuestas, en algún momento de nuestras vidas, o lo estuvimos. Lo que digan los presidentes sí importa. Importa lo que no dicen. Importa lo que callan e importa también lo que no escuchan. Importa lo que no les importa e importa lo que les importa más. La lucha feminista es la revolución ética más importante de este siglo. El feminismo internacional reclama en las calles lo que no puede lograr el machismo y aquello que no le han permitido hacer al feminismo institucional. Las mujeres enojadas con los políticos y con los agresores y feminicidas, con el patriarcado capitalista y colonial, son una reserva de dignidad y esperanza a la que los machistas en lugar de ignorar –porque no pueden- prefieren denostar. Los machistas deben escuchar. Sobre todo, los machistas que manejan los destinos políticos de las naciones. Los que deciden dónde va a invertirse el dinero. Los que tienen el podio y lo convierten en púlpito para decir misa y no decir basta.

Esos nos gobiernan. Aquellos a los que la empatía les alcanza para proteger a potenciales feminicidas y no a las niñas de siete años, o a las mujeres que serán esas niñas. Los que se enojan con los monumentos vandalizados y no con los feminicidios.

Los que reducen un problema sistemático a la responsabilidad familiar de hogares a los que no llegaron las políticas sociales ni la redistribución de la riqueza que prometieron en campaña. Aquellos a quienes amplifican medios de comunicación que cuentan las historias de manera aislada para que siempre termine siendo culpa de las “madres negligentes” o del largo de la falda. A los que ponen en titulares que una policía acosa sexualmente y que se guardan para la fratría uniformada la presunción de inocencia y la reserva de identidad. Ese es el patriarcado que nos gobierna. Ese es el estado opresor del que las mujeres nos hemos ido quejando, de ciudad en ciudad, porque tiene en cada fundo sus caciques locales. Lo que digan los presidentes importa e importa lo que callan, porque a través de eso hacen y dejan de hacer. Porque el estado son ellos y las muertas somos nosotras.

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María José Machado
María José Machado
Abogada, Master en Derecho con mención en Derecho Constitucional y Master en Estudios Lingüísticos, Literarios y Culturales. Feminista, ha trabajado en políticas públicas en materia de género, derechos humanos y violencia contra las mujeres.

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