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«Entre el estancamiento económico y la desocupación»

Jorge Granda

La frágil recuperación económica que se experimenta desde el último trimestre de 2016, tiende a desacelerarse en el 2018 y mantendrá ese curso durante el año que decurre.

Un conjunto de factores perturbadores traban el horizonte. El entorno internacional es menos favorable para una economía como la ecuatoriana, que monetizó gran parte del excedente generado por el boom de materias primas, para financiar consumo privado y público. Esos fundamentos económicos hoy le están pasando factura.

En el transcurso del 2018, efectivamente, el patrón económico que operó durante los últimos años, muestra con más claridad sus fallas de origen. Un débil dinamismo de las exportaciones (1.1%) y de la Formación Bruta de Capital Fijo (1.6%) que contrastan con la importante expansión de las importaciones (3.9%). Como consecuencia, la economía viene ajustándose, reduciendo ocupación y empleo. Este descalce manifiesto, catalizado por la asimétrica distribución de los ingresos personales, está presionando sobre su sector externo en circunstancias en que se debería esperar unas exportaciones netas positivas para asegurar la capacidad del servicio del agresivo y oneroso endeudamiento externo, contraído desde la administración anterior y que ha servido para anestesiar los desfases y desequilibrios generados por los excesos de todos estos años. (Ver gráficos).

Fuente: Banco Central del Ecuador

La parsimoniosa capacidad de ajuste de la economía ecuatoriana ante choques externos que modifican los precios relativos, se expresa a través de ajustes lentos vía variación en el nivel de precios. En efecto, la inflación doméstica a noviembre de 2018 se ubica en 0,27%; en contraste, con la registrada en el 2017 cuando llegó -0,20%. En cualquier caso, su nivel está muy por debajo del promedio de la región: 5,57%; de los niveles de Colombia: 3,18%; Perú: 2,19%; y de la inflación del país ancla, Estados Unidos: 1,90%. Ese comportamiento constituye una buena medida del desfase cambiario de la economía ecuatoriana, que incide en la pérdida de competitividad y en la ralentización económica.

En definitiva, el déficit externo y la pérdida de competitividad están por detrás del bajo crecimiento económico, aunque siguen invisibilizados en el debate público que se ha concentrado estrictamente en la complejidad del problema fiscal. Para el 2018, la economía solo creció entre 0,7% y 1,2%. La situación no mejorará sustancialmente en el 2019.

Las previsiones estiman que el crecimiento para este año estará entre 0,9% y 1,4%. Incluso, este bajo nivel de crecimiento se sostendría por la dinámica del sector petrolero, no tanto por mejores expectativas en precios internacionales; sino por la incorporación de nuevos volúmenes debido a la explotación del campo Ishpingo.

El estancamiento económico que se experimenta, en realidad, también termina frenando nuevas posibilidades de financiamiento en una economía cuyo nivel de endeudamiento público supera el 60% de la producción total, y su servicio por concepto de pago de intereses ya representa 3,1 % del PIB.

Quizá, el defecto más pernicioso de la política expansiva seguida por el país durante el boom es que termina reforzando su dependencia de los vaivenes de la demanda externa; y en esas circunstancias se profundiza la indefensión frente a los movimientos pro-ciclos del capital, los cuales escasean y fugan, cuando la situación en las periferias económicas empeora; ya sea por de la caída de los precios de los bienes primarios que constituyen su base exportable o por el incremento de las tasas de interés internacional.

A su vez, el estancamiento económico se expresa en la empleabilidad y ocupación.

En este momento, solamente cuatro de cada diez ecuatorianos tiene empleo adecuado y la cifra puede seguir deteriorándose, conforme se viabiliza el ajuste fiscal y consiguientemente la informalidad laboral y otros desordenes sociales tenderán peligrosamente afianzarse.

Una vez más, las mismas políticas de carácter pro cíclico conducen a enfrentar la recesión con espacios y márgenes de política casi inexistentes y, consecuentemente, el gasto e inversión pública escasean precisamente cuando más se los necesita.

Las condiciones externas menos adversas al comenzar el 2017, impulsaron el nivel de actividad en la economía ecuatoriana que desde mediados del 2015 venía de experimentar una contracción severa. Sin embargo, esa mejora, tal como lo demuestra el desempeño del 2018, no alcanza en la medida en que se acentúa de manera importante una contracción de la inversión pública. En definitiva, la mejora del precio del petróleo incidió positivamente; no obstante, sus retrocesos sorpresivos al finalizar 2018 anticipan un escenario de mucha mayor cautela en términos del riesgo macroeconómico que se expresa en los niveles relativamente altos del indicador riesgo-país.

Sin política monetaria, la contracción del gasto público ralentizará la demanda doméstica, lo que, a su vez, incide en el bajo crecimiento. Al finalizar 2018, el sector externo de la economía registra, una vez más, un comportamiento deficitario, por la recuperación importante de las importaciones, que presionan sobre la balanza de pagos y en el nivel de reservas. Por la exposición del país a un proceso de fuerte endeudamiento, en cambio, se debía esperar un crecimiento sostenido de las exportaciones netas, para evitar una profundización de un ciclo de deterioro estructural.

Para suplir esa ausencia de fondo, una política de concesiones de los activos públicos solamente alterará el control de su gobierno corporativo, sin modificar el acervo de capital ya existente en la economía.

Este esquema, como mecanismo de financiamiento, y a diferencia de la deuda que implica pago por el servicio de la misma, intercambia recursos con la renuncia del flujo de los ingresos operacionales. Se trata, consiguientemente, de soluciones transitorias que pueden seguir disimulando el estancamiento que puede volverse crónico. La Argentina de la convertibilidad, como se recordará, no pudo evitar su colapso echando mano de estos dos tipos de políticas, endeudamiento y privatizaciones, cuando se enfrenta una restricción severa por el lado de la expansión de la producción.

Ecuador requiere de soluciones de fondo. La rigidez de su sistema monetario nos han enseñado lo difícil que resulta enfrentar una crisis como la que afectó a todos los países de la región solamente con política fiscal. Esas economías están creciendo y por tanto sus problemas fiscales pueden llegar a ser mucho más llevaderos. Hay que constatar también que hasta el momento, el sistema monetario vigente ha contenido un deterioro cambiario dramático; aunque el precio que se está pagando debe medírselo en términos de estancamiento económico y desempleo creciente. Mientras el país no cobre conciencia de que el problema que se enfrenta no es solamente fiscal, no estaremos en capacidad de ofrecer salidas que permitan abordar los problemas de estructura y garantizar condiciones de progreso a la gran mayoría de ecuatorianos.

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