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El triunfo de la ultraderecha en Brasil

Foto: EFE

El día domingo 28 de octubre de 2018, concluyó uno de los procesos electorales más polémicos y conflictivos de la historia reciente de Brasil. Como era previsible luego de lo sucedido en la primera vuelta celebrada el pasado 7 de octubre, Jair Bolsonaro derrotó en el balotaje al candidato del Partido de los Trabajadores (PT), Fernando Haddad. Era muy difícil que el heredero de Lula consiguiera remontar la diferencia que el candidato del Partido Social Liberal (PSL) logró sacarle en la primera vuelta. En el episodio final, la diferencia ha quedado en 11 puntos, aproximadamente.

Con este funesto resultado, el gigante de Sudamérica tiene ahora como presidente a un ex militar, racista, machista y homofóbico. Un político más bien mediocre, que, a pesar de una larga trayectoria (en la que ha desfilado por casi una decena de partidos), tiene muy pocos sino nulos méritos, habiéndose “destacado” únicamente por sus incendiarias y repulsivas declaraciones y actitudes.

Este grotesco personaje, ahora presidente de una de las principales economías en el planeta, propone que la milagrosa panacea para solucionar los graves problemas por los que atraviesa Brasil, consiste, nada menos que en la combinación de “mano dura” (léase intolerancia y represión frente a los adversarios políticos, y violencia bruta frente al crimen) y neoliberalismo.

En fin, el libreto de lo que Naomi Klein denominó doctrina del shock, aplicado por las sanguinarias dictaduras militares, de las cuales varias veces Bolsonaro ha declarado ser un ferviente admirador.

Pero, ¿Cómo pasó esto?, ¿cómo un país que desde hace tres lustros se ha consolidado como un referente mundial del éxito de la izquierda y el progresismo termina eligiendo como presidente a un militarote ultraderechista?, ¿cómo es posible que miles de mujeres, de gays y negros, lo hayan preferido?, ¿cómo es posible que gente que hubiera votado a Lula, si no hubiese sido descalificada su candidatura, haya votado por alguien diametralmente opuesto al histórico líder del PT?

Dilucidar las causas de este comportamiento electoral contradictorio es un problema sumamente complejo, en el que entran en juego múltiples variables. Pero, por otro lado, lo que parece evidente es que el deterioro de la credibilidad y confianza en los principales partidos protagonistas de la dinámica política brasileña en los últimos años, ha jugado un papel central en todo esto.

Este deterioro tiene a su vez como principales causas al menos tres fenómenos estrechamente relacionados: Los efectos de la crisis económica que desde 2014 afronta Brasil, la cual ha llevado al país a una profunda recesión y a un grave problema de desempleo; el incremento de los niveles de crimen e inseguridad, que cada año cobra decenas de miles de víctimas; y la corrupción, que desde la revelación de la operación Lava Jato ocupa un lugar central en la escena política cotidiana, y ha llevado a decenas de políticos de todas las tiendas a la cárcel.

La política del escándalo, esto es, la centralidad que los ataques a la reputación y a la integridad ética y moral de los adversarios en la lucha por el poder, ha jugado, evidentemente, un papel central en el desmoronamiento de la confianza en el sistema político y el ascenso del bolsonarismo.

Hay pues, un hastío e indignación generalizados que los estrategas de campaña de Bolsonaro han sabido capitalizar recurriendo a la polarización y a la campaña sucia, fundamentalmente a través del uso intensivo de las redes sociales (Whatsapp particularmente, pera también Facebook y Twitter) como plataforma para la difusión de noticias tergiversadas o directamente falsas sobre las posturas y planes de su oponente.

La conjunción de estos factores contribuye a explicar, en buena parte, el resultado electoral como expresión del deterioro del sistema político y de partidos. El voto de castigo a los políticos en general, y al PT en particular, constituye sin duda un componente importante en la votación de Bolsonaro.

Ciertamente, como han observado varios analistas, mucha gente que votó por el candidato del Partido Social Liberal (PSL) no comparte sus posturas machistas, racistas y homofóbicas. Han votado por él quizás porque consideran que sus opiniones sobre estos temas no son tan importantes, o porque no le toman muy en serio, o directamente porque prefieren como presidente, como revelan muchos testimonios de sus electores, a un racista homofóbico que a un corrupto.

Pero es claro también que hay un considerable componente de personas que sí votaron por estas posturas y no solo a pesar de ellas. Y esto es algo muy importante que se debe considerar desde la izquierda, pues no solo revela la pertinencia y la urgencia de la lucha en contra de la discriminación y las injusticias sociales, sino también la necesidad de reevaluar los discursos y las estrategias de comunicación.

Es muy difícil saber con certeza si el nuevo presidente será capaz de llevar adelante su proyecto. Muchos confían en que ya en el poder tendrá que moderarse, y que sus propuestas más radicales no tienen posibilidad de materializarse.

Pero no hay que perder de vista que Bolsonaro no llega solo. Su partido ha conseguido un importante número de escaños en ambas cámaras del parlamento, consolidándose como la segunda minoría tras el PT en la cámara baja.

Cabe señalar que el bloque del PSL está integrado en gran medida por militares y policías retirados que comparten la misma mentalidad que el actual Presidente.

Por tanto, si bien es probable que Bolsonaro tenga que moderarse en algunas de sus propuestas más descabelladas, como aquella de retirar a Brasil de las Naciones Unidas, o la de promover el armamento de la población civil para “combatir la inseguridad”, lo cierto es que sí tendrá apoyo para llevar adelante varias medidas que representan un grave riesgo para la democracia brasileña, y que, dado el peso que tiene este país en la región, pueden ejercer una influencia negativa más allá de sus fronteras.

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Pablo Ayala Román
Pablo Ayala Román
Sociólogo. Doctor en Sociedad y Cultura por la Universidad de Barcelona. Profesor de la Universidad de las Américas.

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