maduro

 

Edición N. 48, marzo 2014

Un año después de la muerte de Hugo Chávez, la sociedad venezolana se halla sacudida por manifestaciones protagonizadas por quienes se oponen a la Revolución Bolivariana, pero también por los que la defienden con entusiasmo. Esta polarización, caracterizada por una violencia creciente, con secuela de muertos y heridos, ha sido caracterizada por el Presidente Maduro como un golpe de Estado fascista, mientras la oposición repite que se trata de la expresión del profundo descontento del pueblo venezolano por la inflación, el desabastecimiento y la creciente inseguridad ciudadana.

 

A Chávez nadie podrá arrebatarle el mérito histórico de haber propinado la primera derrota electoral al neoliberalismo para dar inicio a un complejo proceso de transformaciones, que hizo de América Latina la región del mundo en que se respiraba, al cabo de muchos años de oprobio, un ambiente de libertad, esperanza y optimismo. Esos cambios, en la retórica del Comandante Chávez, dieron lugar a la leyenda del “socialismo del siglo XXI”. Tres lustros después, sin desmerecer la significación de las políticas redistributivas del excedente petrolero y los esfuerzos por debilitar los aspectos más perversos de la institucionalidad liberal democrática para construir un Estado que se ponga al servicio de los intereses de las mayorías, las políticas económicas y sociales realmente aplicadas demuestran que el modelo de desarrollo venezolano representa más continuidad que originalidad, pues, desde el 2003, ha privilegiado el control del Estado sobre la economía y la dependencia del petróleo. Sus políticas económicas se asemejan a las mantenidas durante el auge del modelo de industrialización por sustitución de importaciones de los años 70, sólo que ahora el auge petrolero tiene una magnitud y duración mayor dado que coincide con la fase de agotamiento mundial del petróleo fácil y barato a nivel planetario.

Coincido con el ex Presidente de Brasil Lula da Silva en señalar que si sólo fuera por los resultados obtenidos en el combate a la pobreza, el presidente Chávez tiene asegurado un lugar de honor en el panteón de los grandes de América Latina.

Pero en Venezuela, la vigencia del modelo estructuralista no ha logrado superar el carácter extractivista de su economía, así como las dinámicas rentistas que genera ese modelo y, lo que es más grave, no se advierten planteamientos políticos que permitan utilizar el pacto social vigente entre un sector de la burguesía nativa, los mandos militares y los sectores populares organizados para encontrar una solución negociada que permita diversificar e incrementar la producción, generar trabajo y mejorar las remuneraciones, como únicos mecanismos que desbaraten las pretensiones de Capriles que apuesta a una derrota electoral del Chavismo y las de Leopoldo López que, con el financiamiento norteamericano, estima puede caotizar a la sociedad venezolana hasta el extremo de que se produzca una invasión externa o un golpe de Estado militar que pongan fin a la Revolución Bolivariana.

El feriado de carnaval fue una tregua en el conflicto, en medio de la cual Maduro logró imponer la mesa de diálogo que busca encontrar una solución negociada y pacífica. La no concurrencia de los principales voceros políticos de la oposición hace difícil anticipar la evolución probable del conflicto, en cuyo desenlace jugarán un papel determinante la capacidad de negociación del equipo de gobierno, la organización y movilización popular y la cohesión y disciplina de los mandos militares.

En cualquier caso, es evidente que, en América Latina, se empiezan a evidenciar los límites de los gobiernos progresistas que apostaron por buscar soluciones a los problemas nacionales dentro de los límites de un capitalismo reformado.